En la mayoría de los casos, los padres y los niños estuvieron de acuerdo en las reglas más básicas. No hablar por teléfono mientras se conduce, no caminar mientras escribes por el móvil… Pero había una regla recurrente que sorprendió a más de uno; los niños piden a sus padres que no publicasen nada de ellos sin permiso previo.

Además,  solicitaron que no publicasen fotos de ellos dormidos, fotos mostrándose frustrados mientras hacen los deberes… Las respuestas revelaron “una desconexión muy interesante”, según Alexis Hiniker, una estudiante de ingeniería de la Universidad de  Washington, quien dirigió la investigación. Ella, junto con investigadores de la Universidad de Michigan, estudiaron  a 249 padres e hijos en 40 estados y encontraron que mientras que los niños de 10 a 17 años “estaban realmente preocupados” por las maneras en la que sus padres compartían  sus vidas en redes sociales, sus padres se mostraban mucho menos preocupados por las consecuencias de publicar la vida de sus hijos.

Facebook e Instagram ahora son los grandes amigos de las familias. Muchos padres publican la foto de su hijo recién nacido minutos más tarde del parto e incluso crean cuentas de redes sociales para sus propios hijos donde comparten información con la familia.

Lo que en principio puede ser algo inocente, puede que luego se convierta en un verdadero quebradero de cabeza. Cuando esos niños crezcan y se conviertan en adolescentes con uso de razón, puede que no estén tan de acuerdo con la huella digital que existe de ellos.

Algunos niños y adolescentes cuestionan la información compartida sobre ellos en el pasado e incluso en el presente. “Realmente no me gusta cuando mis padres publican fotos de mí en sus cuentas de redes sociales, sobre todo después de descubrir que algunos de mis amigos los siguen”, dijo Maisy Hoffman de14 años, estudiante de octavo grado que vive en Manhattan. “Me preocupa más mi padre. Él no siempre pide si puede publicar cosas”.

Muchos padres no miden las consecuencias futuras de compartir ciertos datos o historias sobre el comportamiento de sus hijos. Compartir temas sobre alimentación, esfínteres o rabietas, son vistas por algunos padres como una fuente de ayuda para otros padres que tienen problemas similares con sus hijos, una comunidad para compartir trucos.

Cuando los padres comparten estas primeras frustraciones, no lo ven como la exposición de algo personal sobre la vida de sus hijos, sino de su propia cuenta. Como sociedad,  “vamos a tener que encontrar la manera de equilibrar el derecho de los padres a compartir su historia y el derecho de los padres para controlar la crianza de su hijo con el derecho del niño a la privacidad”, según afirma Stacey Steinberg, profesora y directora asociada del Centro para Niños y Familias de la Universidad de Florida.

Asimismo añade que “a menudo los padres se inmiscuyen en la identidad digital de un niño, no por malicia sino porque no son conscientes del alcance potencial que tienen sus publicaciones ni la longevidad de la información digital que están compartiendo”.

Colgar un vídeo en Youtube de un niño que no quiere comer sus cereales porque no están en un cuenco de color rojo, o de otro mostrando alguna torpeza graciosa puede resultar gracioso e incluso hacerse viral, pero ¿qué pasará cuando esos niños crezcan y se vean con el paso de los años?

¿Qué opináis?

Fuente: The New York Times